Nuestros Hijos No Son Nuestros

De forma inconsciente manipulamos a nuestros hijos, les exigimos que se comporten como deseamos, o si no, les retiramos nuestro afecto. Así hemos sido educados y así educamos.

‘’Si no te comes la papilla mama se va a poner triste’’. ‘’No disgustes a papa.” ‘’Me has decepcionado.” Hemos crecido tratando de ser lo que no somos, tratando de agradar y cumplir con las expectativas ajenas, y pasamos gran parte de nuestras vidas aterrorizados ante la posibilidad de dejar de ser amados y aceptados.

Hemos creado una sociedad competitiva donde solo puede haber ganadores o perdedores. Debemos cumplir unos estándares, aunque sea a costa de sacrificar nuestra esencia. Ganar dinero, tener buena apariencia, obtener méritos académicos y profesionales son las máximas aspiraciones en nuestra cultura.  Nuestros hijos viven desde bien temprano sometidos a la presión que implica estar siempre bajo examen. Hay que obtener resultados, pasar exámenes, aprender idiomas y destacar en esta carrera desesperada por salir adelante. Ya no hay tiempo para ser, para jugar, para aprender por el mero placer de hacerlo.

Nuestra cultura ha hecho prevalecer la mente sobre el corazón. Nos enorgullecemos de nuestras conquistas en el terreno científico y tecnológico, pero hemos perdido algo fundamental en el camino, nuestro corazón. Sin el estamos incompletos, somos seres tripartitos: cabeza, corazón e instinto.

Enseñémosles a desarrollar una relación consigo mismos en la que escuchen sus tripas y su corazón, además de a sus cabezas, en la que puedan reconocer lo que necesitan y desean, no lo que se espera de ellos. Así podrán compartir desde su grandeza, desde su pleno potencial, en lugar de encogerse para amoldarse a nuestras expectativas.

Our Children Are Not Ours

by Isabel Galiardo
We unconsciously manipulate our children, we demand that they behave as we wish, or else we withdraw our affection. Thus we have been educated and so we educate.
”If you don’t eat your food mom will be sad”, “Don’t make your dad angry”, “You have disappointed me”. We have grown up trying to be what we are not, trying to please and fulfil the expectations of others, spending much of our lives terrified at the possibility of ceasing to be loved and accepted.
We have created a competitive society where there can only be winners or losers. We must meet standards, even at the cost of sacrificing our essence. Making money, having good looks, gaining academic and professional merits are the highest aspirations in our culture. Our children live from an early age subjected to the pressure of being always under examination. You have to get results, pass exams, learn languages and excel in this desperate race to get ahead. There is no longer time to be, to play, to learn for the sheer pleasure of doing it.
Our culture has made the mind prevail over the heart. We take pride in our achievements in science and technology, but we have lost something fundamental on the way, our heart. Without it we are incomplete. We are tripartite beings: head, heart and instinct.
Let us teach our children to develop a relationship with themselves in which they listen to their guts and heart, in addition to their heads, in which they can recognize what they need and want, not only what is expected of them. In this way, they will be able to share from their greatness, from their full potential, instead of shrinking to conform to our expectations.